jueves, 18 de octubre de 2007

Ellos (Hebras 98-02)

Le miraba desde abajo como si fuera un ser extraño.

Los huesos casi atravesaban su piel.
El pelo lacio, despeinado y sucio.
Los pómulos marcados y la boca gruesa.
Los ojos negros y profundos, en sombra permanente.
Los dedos finos y largos.
Las rodillas salidas.

Así era él. Lacónico, ido. Trastornado en primera persona.

Ella le contaba sus inquietudes, sus deseos, sus ilusiones.
Rodaba sobre la cama y se enroscaba en la sábana.
Se encogía y giraba.
Desorbitaba los ojos y enarcaba las cejas.
Hacía pucheros y gemía.
Daba palmas y reía.

El la miraba de pie con la cabeza apoyada en la ventana.
Con una mueca de guiñol instalada en su cara.
Esforzándose por sentirse afortunado y sintiéndose mezquino.

La envidiaba.
Con toda su alma la envidiaba.
De forma insana, innoble, cobarde y asquerosa, la envidiaba.

El era frío.
Todo era absurdo.
Todo era inútil y sin sentido.
Todo era un hueco en su ombligo.

Ella era dolor, sufrimiento y pasión, alegría e ilusión, tristeza y emoción.

Ella era vida.

Y él también.

El hurgaba su nuca con sus dedos.
Dibujaba círculos entre su pelo.
Soplaba suavemente sobre su oído.
Rozaba sus párpados con su boca.

Una esquina de sol concentraba su calor a los pies de la cama.
Ella moldeaba sus pies en punta y sentía su calor.
Deslizaba la planta de un pie sobre el otro.
Fantaseaba con la alargada sombra que proyectaban en la pared.

El se arrodillaba en silencio y la abrazaba por la cintura.
Mordisqueaba su carne desnuda y aspiraba su esencia.

Ella respiraba a chorros.
Su ansia hacía del aire un grito al pasar por la nariz.
Le temblaba el labio inferior y lo mordía.

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