El espejo me devuelve una sombra negra que no reconozco salvo por su rencor.
Miro mis manos abrirse en sangre solidaria y mis pies ajarse sin dar un paso.
Bailo sobre mi cama, giro, salto, me escondo bajo el colchón y coincido con una cucaracha moteada fumándose un peta.
Le canto un bolero y mueve sus antenas en señal de gozo.
Me arrastro hasta la cocina y descubro restos de la cáscara de un diente de ajo que rápidamente introduzco en mi boca y mastico.
El techo cae sobre mi y me atraviesa, dejándome bajo las estrellas. Tintinean en Morse mensajes de amor que no alcanzo a comprender.
Sonrío a la estrella fugaz o acaso avión comercial bajo un satélite militar y me reconforto en mi tan relevante insignificancia.
Una vieja lechuza bosteza frente a mi y le roba un reloj de pulsera a un transeunte.
Vuelvo a reptar en señal de luto por el pavo calcinado en el horno.
Analizo los comienzos de la vida en un gazpacho de hace mes y medio y me sorprende el crisol colorístico del hongo común.
Comienzo a hablar a mis pulgares tratando de engañar mi inquebrantable soledad. Me responden en azorado movimiento circular.
Prefiero rascarme la ingle con el índice derecho ante la indiferencia del meñique, reservado para selectas señales grupales.
Me siento lagarto herido sin cola en verdosa palidez de muerte.
Aligator musical borracho de tristeza.
Y sueño con otro ahora.
viernes, 7 de septiembre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario